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lunes, 3 de junio de 2019

La Fe que se Humilla ante Dios



“26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. 27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.” Mateo 15:26-28

La actitud de muchos cristianos, ante ciertas circunstancias de prueba o adversidad suele expresar excesiva seguridad y confianza en Dios. La fe de ellos sobrepasa los límites de la fe “común a todos los cristianos”, logrando así entrar a un terreno de aparente espiritualidad superior. La verdad es que no hay nada de malo en depositar absolutamente toda nuestra confianza en Dios, de hecho creo que así es como debemos vivir todos y cada uno de los salvos por fe en Jesucristo. Sin embargo hay algo que siempre y sin lugar a dudas nos va a delatar en nuestra insincera demostración de fe, y es nuestra actitud y nuestras palabras, además de nuestra reacción hacia la respuesta de Dios respecto a nuestras peticiones.

¿Cómo reaccionaría usted si una persona departe de Dios le diera esta clase de resolución en respuesta a sus peticiones delante de Dios usando un dicho popular y comparándole con un animal?: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.” Aunque es claro que Jesús no dijo estas palabras en un sentido despreciativo, la realidad es que a ninguna persona le gusta ser comparada con los animales, llámese domésticos o salvajes.

Vayamos a lo que dice Mateo capítulo 15, versículos del 21 al 28:

“21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. 22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. 23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. 24 El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”


Notemos que Jesús guardó un gran silencio ante la petición de aquella mujer. Esto no se debió a que el Señor no tuviera nada qué decir o a que estuviera tomando alguna clase de represalia sobre personas no judías, sino se debió sencillamente a que el Padre le había dado a Jesús la divina instrucción de ir primero a atender y salvar al amado pueblo de Dios, Israel, y la nacionalidad de la mujer la excluía de todo beneficio inmediato. Sin embargo la actitud y las acciones de aquella mujer dieron un giro completo a esta interesante historia.

Continuamos con el versículo 25 que dice:

25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! 26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. 27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.”

La declaración de fe de aquella mujer sobrepasó los límites del lenguaje y la convicción, pues su fe expresó más que palabras y seguridad, una explícita humillación delante Dios y de su Hijo, a quien el Padre había puesto en el más sublime lugar de honra.

¿De que forma se humilla usted delante del Hijo de Dios cuando eleva sus plegarias? ¿acaso se humilla usted delante de Él cuando necesita de su favor? ¿O es de los que piensan que basta solamente con creer fervientemente que él le dará lo que le pide?

Vallamos al evangelio de Lucas 5:9 

“Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” 

Muchas veces los cristianos nos tomamos de estas palabras del Señor Jesucristo para ratificar que es bíblico pedir a Dios, y que gracias a nuestra insistencia nos responderá tal y como lo explica Jesús en la parábola que antecede a estas palabras. Y es verdad, Jesús estaba enseñando a sus discípulos a depender del Padre, y una forma efectiva de depender del Padre es pidiéndole a Él todas las cosas que necesitamos y creyendo y dando testimonio de que todo lo que poseemos es gracias a Él. Pero, ¿con qué actitud nos acercamos a Él?

Recuerdo una ocasión hace ya más de diez años cuando la unión de jóvenes de la iglesia organizó una actividad evangelística que consistía en proyectar la película Jesús, misma que presentaba los hechos de su vida, muerte y su resurrección. Yo tenía tiempo ya que albergaba en mi corazón el ferviente deseo de servir al Señor, en dónde fuera y en lo que fuera, sin embargo no había tenido la oportunidad de hacerlo, ya que en la iglesia los puestos estaban siempre ocupados y las áreas de servicio cubiertas. Y por favor, no se me tome a mal o como presunción o jactancia que esté dando un ejemplo de mi propia vida, pero era tanto mi deseo de servir que le pedía al Señor en oración que me acomodara en algún lugar donde pudiera servirle, pero la respuesta a mis oraciones no llegaba. La verdad es que luego aprendí que no estaba pidiendo las cosas correctamente, porque aunque mi petición tenía el enfoque de servir a Dios, en lo más recóndito de mi corazón lo que yo le estaba diciendo al Señor era “acomódame Señor en un lugar donde tú veas que soy capaz de desenvolverme”, es decir, estaba aludiendo a las capacidades que creía tener, realmente no estaba humillando mi alma, pues Dios no necesita que le digamos en qué somos buenos y mucho menos que le presumamos lo que sabemos hacer. Sin embargo, ese día fue algo especial, fue diferente a todos los días anteriores pues le dije al Señor algo parecido a lo que le dijo el apóstol Pedro al Señor Jesús cuando se llevó a cabo la pesca milagrosa, en el momento que “cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” (Lucas 5:8). Yo no pronuncié estas precisas palabras pero reconocí ante el Señor que no era digno de ser usado por Él, le confesé mi pecado y le pedí perdón sinceramente, arrepentido de todo corazón y con un gran nudo en la garganta. Todavía no terminaba mi oración cuando un joven de la iglesia se acercó a mí para preguntarme si yo quería cerrar la actividad con un mensaje evangelístico al finalizar la película, a lo que respondí ya con lágrimas de gozo “sí, por supuesto, cuenten conmigo” y aquello culminó en almas reconociendo públicamente a Jesús como su salvador, y mucha alegría entre los jóvenes por el maravilloso resultado de todo aquello. Sin embargo la respuesta misericordiosa de Dios no terminó ahí, sino que Dios me movió a una iglesia en donde desde el primer día que llegué me dieron oportunidad de servir a Dios, y el día de hoy después de doce años me encuentro sirviendo como pastor en un campo misionero junto a mi esposa y a mis hijos.

Dios pone a prueba nuestra humildad o nuestra soberbia permitiendo que pasen en nuestra vida ciertas situaciones en las que nos vemos obligados a hacer algunas cosas que no estamos acostumbrados a hacer, como por ejemplo, pedir perdón, enmendar con acciones nuestros errores, ceder la razón en conversaciones en las que se ve afectada nuestra “dignidad” o guardar silencio cuando en nuestra presencia están hablando mal de nosotros, por mencionar algunas. Porque definitivamente cualquier cristiano puede acercarse a Dios, postrarse ante Él y hacer una demostración de humildad en sus oraciones, pero donde realmente se demuestra que tenemos un corazón contrito y humillado, es en el campo de batalla.

Otro caso famoso, además del caso de la mujer sirofenicia, en el que se repite este patrón, es el del centurión y su esclavo a quien amaba en demasía, y el cual estaba enfermo de muerte. También notamos en él una tremenda humillación ante el Señor, pues alguien tan importante como un centurión romano descubre su alma y se confiesa a sí mismo indigno siquiera que el Señor Jesús entrara en su casa (Lucas 7:6), otra vez cuando le dice que no se sentía digno incluso de venir a Él, e inmediatamente el Señor queda maravillado por la fe de aquél hombre y realiza inmediatamente el milagro que el centurión le había pedido.

Hoy en día es difícil encontrar esta clase de fe, la fe que espera sólo en la gracia de Dios, aquella fe que se produce en hombres y mujeres que se olvidan de sí mismos y que centran toda su confianza y toda su obediencia delante del Señor Jesús, aun cuando creerle a Dios y obedecerle los lleve por valles sombríos y hasta a veces vergonzosos, pues se nos olvida que es por pura gracia y misericordia que recibimos el favor de Dios, y no por nuestra excesiva confianza en Dios, ni siquiera por tener una fe descomunal en lo que Dios puede hacer, pues no es por nosotros mismos ni por nuestros méritos que agradamos a Dios (a veces muchos cristianos ven la fe como un mérito personal y no como nuestra respuesta a las instrucciones de Dios), sino solamente por Su gracia, y cuando nos humillamos delante del Hijo de Dios, la gracia y el favor de Dios se hacen hermosamente efectivos y palpables en nosotros, sus hijos amados.



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El texto Bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en 
América Latina © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.


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Erik Orlando Torres Zavala
Barcelona 421 Col. Hacienda San Marcos
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jueves, 30 de mayo de 2019

Frutos Dignos de Arrepentimiento







“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento" Mateo 3:8


Esta frase salió de la boca de Juan el bautista, un hombre que vivía apartado del mundo y entregado completamente al servicio del Señor, e iba dirigida a dos grupos religiosos específicos: los fariseos, que eran un grupo que ponía su énfasis en la corrección de la forma exterior respecto a los actos basados en la ley y subestimaban el acto piadoso en sí; y los saduceos, que eran otro grupo religioso judío que nacía de la secta de los helenizantes en oposición a los fariseos. Este segundo grupo pretendía eliminar el hermetismo judío para abrirse a la costumbre y cultura griega (Vine; diccionario expositivo; editorial Caribe, 1999)
     
Ambos tenían una cosa en común: la autojustificación. Pensaban que por ser descendientes del patriarca Abraham, quien había recibido La Gran Promesa de Dios (Romanos 9:6-8), no podía caer sobre ellos el juicio o la ira venidera anunciada abiertamente por los profetas (Ezequiel 38:18-23). 
     
La verdad es que La Gran Promesa era un asunto espiritual que no estaba al alcance del entendimiento judío, hasta que, más tarde, el Espíritu Santo, por medio del apóstol Pablo revelaba: 

Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios. (Romanos 2:28-29) 
     
Realmente ninguno de ellos mostraba con su vida un reconocimiento de la santidad de Dios, humillándose  hasta el polvo y declarando arrepentidos que eran pecadores delante del Santo de Israel, sino que se mostraban ante el mundo como las únicas personas dignas de Dios y como los únicos merecedores de ser llamados hijos de Abraham, aunque con sus hechos demostraban lo contrario (Juan 8:39-40).
     
¿A cuantas personas hemos escuchado decir: con que no le haga mal a nadie es suficiente? o nosotros mismos, cuando decimos que estamos bien delante de Dios, ya que nos bendice, pero realmente no estamos mostrando frutos dignos de alguien que fue perdonado por su pecado y salvado de la ira de Dios. ¿Cuántos de nosotros no hemos usado nuestra libertad en Cristo como excusa para pecar (Gálatas 5:13) y luego de haber pecado nos sentimos sin culpa porque Cristo de antemano ya nos perdonó (Efesios 4:17-24)? Esta misma actitud era la que abundaba entre fariseos y saduceos. Pecaban, pero se sentían limpios por el simple hecho de ser descendientes de Abraham, o por la jactancia mentirosa de que guardaban absolutamente la ley de Moisés, cuando ellos sabían muy bien que no era verdad (Lucas 11:42-44). 
     
La enseñanza en este pasaje es que reconozcamos continuamente nuestro pecado; que nos humillemos delante de Dios confesando nuestro pecado (1 Juan 1:9) y reconociendo día y noche que nuestro Dios es un Dios santo (Apocalipsis 4:8), apartado de las tinieblas y de toda maldad (1 Juan 1:7). 
     
No hay otro camino hacia la santidad que la sangre de Jesús, pues ésta no fue derramada en vano. Es la sangre de Jesucristo la que nos limpia y a través de ella es que obtenemos el perdón de nuestros pecados (1 Juan 1:7) delante de un Dios santísimo que no tolera el pecado en su presencia (Isaías 6:5).
     
Ahora, ¿a qué se refiere la Palabra cuando habla de frutos dignos de arrepentimiento? El mismo Juan bautista nos da la respuesta mencionando tres cosas que apuntan hacia un mismo objetivo: el amor al prójimo (Mateo 22:37-40). La primera consiste en dejar toda clase de egoísmo y suplir, con la bendición material que Dios nos ha dado las necesidades de otros (Lucas 3:11; Santiago 2:15-17). La segunda consiste en abandonar el abuso de las ventajas que tenemos sobre los demás: autoridad, poder, riquezas, etc. (Lucas 3:12-13; Isaías 1:16-17) Y la tercera, en dejar toda clase de actos corruptos, opresores y ambiciosos (Lucas 3:14; Efesios 4:22-25).
     
Aunque Juan el bautista, cuando hablaba estas cosas, estaba dirigiéndose a sectores concretos de la sociedad de su tiempo, tales como judíos en general, publicanos y soldados romanos, podemos entender que cada uno de nosotros en particular, al igual que aquellas personas a las que se dirigía Juan el bautista, tenemos un hábito o pecado específico que debemos abandonar, porque con ello estamos ofendiendo la santidad de nuestro Dios. Y es en el abandono absoluto donde encontramos el verdadero significado de la frase: frutos dignos de arrepentimiento. Abandonar por completo los pecados habituales que sabemos que están ahí, pero pasamos por alto su existencia. 
     
Cuando hay un verdadero arrepentimiento existe también un sentimiento en nuestro ser, una profunda tristeza por estar pecando contra Dios (2 Corintios 7:10), y esa tristeza es la que nos hace recapacitar y tomar la decisión de abandonar el pecado. Pero si la tristeza queda sólo en eso, nada más que un sentimiento y no produce en nosotros un cambio de conducta, entonces esa tristeza no es más que remordimiento de conciencia, vano y pasajero.
     
En resumen, los frutos dignos de arrepentimiento podemos definirlos de la siguiente manera: dejar el pecado en definitiva y enfocar todas nuestras fuerzas en la ardua pero hermosa tarea de amar al prójimo; no regresar más hacia el error; reconocer continuamente que Dios es santo, que necesitamos de su perdón, y que solamente el sacrificio de Jesús nos hace dignos delante de él, porque no hay otro camino hacia la santidad que su sangre derramada en la cruz ya que nos limpia de todo pecado, pero también de la maldad, que es el motor que nos lleva a pecar; y que el arrepentimiento verdadero va más allá de un sentimiento vano e inútil, porque cuando se produce en nosotros una tristeza profunda por el pecado, y es el Espíritu de Dios quien la causa, nuestra voluntad queda rendida a ÉL, dispuesta a obedecer aquellas hermosas palabras de perdón, que fueron pronunciadas por Jesús para una mujer pecadora, rescatada por el Señor, de morir en manos de sus acusadores: "Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (Juan 8:11).


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lunes, 27 de mayo de 2019

La Verdadera Identidad del Cristiano










“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. 
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros." (Juan 13:34-35)

La identidad de los hijos de Dios se ha limitado a algunas etiquetas que nosotros mismos hemos adoptado como características de una sociedad, tales como: ciertas posturas y actitudes al orar y alabar a Dios, cierta jerga de procedencia bíblica, incluso el orgullo de pertenecer a una determinada denominación evangélica. Sin embargo, cuando acudimos a la Palabra de Dios nos podemos percatar fácilmente que los cristianos debemos identificarnos a través del amor. No hay otra cosa que haga más evidente nuestra identidad como cristianos, que el amor. Que os améis unos a otros; como yo os he amado dijo el Señor, y en esto conocerán todos que sois mis discípulos. 

Dirán algunos que es difícil, pero la Palabra enseña que para Dios no hay cosa difícil (Génesis 18:14), y es Dios el que hará la obra en nosotros; dirán otros que esto es algo que ya saben, pero la realidad es dura y habla otra cosa: que no tienen tiempo suficiente para atender a los suyos, menos a los de su iglesia, mucho menos a sus familiares, e infinitamente menos a sus enemigos (Mateo 5:44). Pero el señor Jesús sabía que nuestro corazón es engañoso (Juan 2:25) y que el hombre, por su propia cuenta, no puede cumplir con los mandamientos del Hijo, y por eso mandó su Espíritu Santo, para que Él fuera quien hiciera esta obra en nosotros (Juan 16:13). 

Ahora ¿significa esto que no debemos sentir un amor sincero y que el amor lo practiquemos únicamente porque estamos obligados a hacerlo? La verdad es que cuando hacemos las cosas por obligación puede que nos salgan bien, pero cuando las hacemos con amor, las cosas salen mucho mejor. De hecho los mandamientos de Dios están precedidos por el primer y más grande mandamiento de la ley de Dios que es Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Mateo 22:37, un mandamiento que nos dice en sí mismo que amemos a nuestro Dios, no por obligación sino con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente, y esto no puede ser posible cuando se ama por obligación, de hecho creo que nadie puede amar por obligación, pues el amor cuando es verdadero es del todo sincero. 

Entonces si el amor sincero no puede ser un amor obligado ¿por qué amar a Dios y al prójimo es un mandamiento? Creo que la respuesta está en la naturaleza divina que hemos adquirido ahora que somos nuevas criaturas en Cristo (2 Pedro 1:4). Dios no ama a nadie por obligación, sino que su naturaleza le mueve a amar incondicionalmente (1 Corintios 13:4-7). Un amor que actúa en armonía consigo mismo y con toda su creación. Un amor que no contradice su justicia y su santidad. 

Así nosotros amaremos de una manera natural, y este amor debe armonizar perfectamente con nuestra obediencia a Dios, como lo dijo el señor Jesucristo Si me amáis, guardad mis mandamientos. (Juan 14:15), y para que el amor sea expuesto como amor verdadero debe existir de por medio una evidencia tangible.

La Escritura nos presenta un caso muy específico, una persona a quien la historia llama amigo de Dios y que el apóstol Santiago viene a mencionar para explicar que una verdadera fe produce obras en nosotros, es decir, pruebas tangibles de que realmente amamos a Dios, como lo hizo el patriarca Abraham, mismo que fue llamado, por consecuencia amigo de Dios (Santiago 2:21-23)

Concluimos pues, que si realmente somos nacidos de nuevo, y contamos de este modo con una nueva naturaleza espiritual, el amor surgirá de una manera natural, y que los mandamientos de Dios se harán palpables en nosotros gracias a la guía y el poder del Espíritu Santo de Dios, el que nos ha sido dado, y que en nosotros produce un fruto que está directamente involucrado con el amor (Gálatas 5:22-23), y que nos dará una verdadera identidad delante de Dios y de la gente, fundada en lo verdaderamente trascendental, en el amor, al mostrarnos a nosotros mismos como verdaderos discípulos de Jesús, amándonos los unos a los otros, tal como Jesús lo hizo con cada uno de sus discípulos (Juan 15:12), incluso de sus enemigos (Lucas 23:34).





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miércoles, 15 de mayo de 2019

Éfeso y el Primer Amor / Serie: Lo que el Espíritu dice a las iglesias 1 / 7




El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” Apocalipsis 2:7, 11, 17 y 29; y 3:6, 13 y 22.



Una misma exhortación para siete distintas iglesias

Siete veces menciona el Señor Jesús esta frase con respecto a las siete iglesias del Apocalipsis. A cada iglesia le repite esta frase, dirigiéndola específicamente a cada una de ellas: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. 

No importando cuántos problemas tuviera cada iglesia, qué tan graves eran estos o que estos pasaran casi desapercibidos, el Señor Jesús dirigió las anteriores palabras a cada una de las siete iglesias.


La Iglesia de Éfeso

La primera iglesia a la que el Señor Jesús habla es la iglesia de Éfeso. Veamos qué es lo que les dice y meditemos un poco, si no en todos, en unos cuantos aspectos, buscando la bendición de Dios en su Palabra y su Santo Espíritu.


"Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; 

y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor." (Apocalipsis 2:2-4)



El Señor Jesús reconoce que la iglesia de Éfeso era una iglesia trabajadora, paciente, celosa y sufrida (Apoc. 2:2-3). Sin embargo el texto mismo nos enseña que estas cualidades nunca fueron garantía de que la iglesia de Éfeso estuviera haciendo bien las cosas, pues la iglesia se había apartado de las primeras obras que eran fruto de su primer amor (Marcos 12:29-31)

¿Cómo podríamos regresar al primer amor de tal modo que nuestra prioridad sea buscar, como un niño perdido busca a su padre, la voz del Espíritu Santo? (Apoc. 2:4) Trataremos, con la ayuda de Dios, de responder con la Palabra de Dios a esta pregunta.


Hablemos de la primera cualidad: Una iglesia que trabaja arduamente

El trabajo, más que una muestra de amor, es una muestra de fe. Santiago dice en su epístola “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26). Trabajar es bueno, pero el trabajo por sí solo no es garantía de crecimiento en el conocimiento de Dios. El mismo apóstol Pablo se refirió al amor como un camino aún más excelente que los dones(1 Cor. 12:31), y al amor como mayor que la fe y la esperanza(1 Cor. 13:13).

La iglesia de Éfeso era una iglesia trabajadora, pues trabajaba arduamente como ninguna y lo hacía en un sentir correcto, pues lo hacía por amor al nombre del Señor Jesucristo. Sin embargo, en lugar de estar edificando sobre el fundamento de la persona del Señor Jesucristo, el edificio estaba siendo levantado sobre ellos mismos, porque no se puede hacer una obra de fe para Dios con el corazón alejado de Dios.



Dos Cosas que Apagan el Fuego del Primer Amor



Un Arduo Trabajo sin el Señor

Como ejemplo podemos pensar en el pueblo de Israel, que servía a Dios con multitud de sacrificios, pero ellos habían dejado lo mejor de la ley, que es la expresión del corazón de Dios: el amor y la misericordia (Isaías 1:17) “¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos” (Isaías 1:11).

Dios mismo había mandado en su ley hacer sacrificios de animales, pero los sacrificios tenían el único propósito de poner en paz a Dios con el hombre, por lo que si no iban acompañados de un corazón entristecido por el pecado y humillado delante de Dios, Dios no los aceptaba.

 Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” (Salmos 51:16-17).



Los Pecados Ocultos del Corazón

Es bueno honrar a Dios, pero no lo es honrarlo con los labios y sin el corazón. 

No podemos tomar a la ligera nuestros pecados, pues cada uno de ellos fueron la causa de que el Señor Jesucristo pagara con su vida en sacrificio, con muerte de cruz. Y si dejamos que los pecados vayan tomando terreno en nuestro corazón, y no nos arrepentimos, éste estará cada vez más lejos de la presencia de Dios, pues Dios habita con los que se arrepienten y se apartan de su pecado (Isaías 57:15).

Así que podríamos decir que son dos cosas las que nos apagan el fuego del primer amor y las primeras obras: 

El arduo trabajo sin el Señor, y los pecados ocultos del corazón.



El Servicio Genuino es un fruto de la comunión

No es bueno que confundamos nuestro servicio en la iglesia con nuestra comunión con Dios. Recordemos el caso de Marta y María; cuando el Señor Jesús le dijo a Marta: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:41-42). Marta escogió trabajar arduamente y se olvidó de su primer amor, pero María eligió estar en la presencia del Señor, un tesoro en sí mismo que una vez que lo encuentras vendes todo lo que tienes, inviertes en él, y nunca vuelves a ver nada más grande y precioso que él. 

Así que el arduo trabajo no sustituye nuestra comunión con Dios y el servicio genuino a Dios es un fruto de ella.


Las Primeras Obras o las Primicias de las Obras

Por lo tanto, continuemos trabajando arduamente para el Señor como lo hacía la iglesia de Éfeso, pero no nos olvidemos de detenernos por largo tiempo cada vez para estar con el Señor como lo hizo María, porque estas son las primeras obras, las mas importantes: 

Nuestra comunión con Dios y nuestro arrepentimiento por nuestros pecados delante de Dios (Apoc. 2:5), porque estas son  las primicias de las obras que Dios hará por medio de nosotros.

Edifiquemos nuestro servicio para Dios en una comunión íntima con el Señor Jesucristo, en confesión de pecado a Dios y en arrepentimiento continuo; obedeciendo en todo a la voz del Espíritu Santo que nos habla a través de su preciosa Palabra, porque esta es la mejor parte, y si la escogemos por encima de todo, no nos será quitada jamás.



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martes, 28 de junio de 2016

Bienaventurados los que obedecen a Dios

Por Erik Torres
“y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2:8)
Cuando nos disponemos a obedecer a Dios, ocurren cosas en nuestra vida que la mayoría de las veces no comprendemos. Se trata de las consecuencias de obedecer la voluntad de Dios. Empezamos a sufrir pérdidas materiales, y de salud; incluso comienzan a presentarse problemas familiares; de tal modo que si no tenemos en cuenta, que todo ese torrente de adversidades se desató debido a nuestra obediencia a Dios, terminaremos alejándonos del camino del Señor. Sin embargo tenemos, gracias a Dios, testimonios impactantes registrados en las Escrituras, que nos llevan a una comprensión sencilla de todas estas cosas.
     El mayor ejemplo de humildad y obediencia que podemos encontrar en la Biblia, es el del mismo Señor Jesucristo, sometiéndose al acto del bautismo; el cual no requería realizar, porque además de ser el Rey de Reyes y Señor de Señores, nunca cometió pecado, y por lo tanto no tenía nada de qué arrepentirse. Sin embargo, decía de él la profecía, que iba a ser contado entre los pecadores (Isaías 53:12), y lo que sucedió después de su bautismo, es considerado como el evento mismo de su unción como el Rey Santo de Israel, uno escogido de su pueblo, ungido con el Espíritu Santo (Salmo 89:20).
     Entonces, el Hijo de Dios, quien había venido al mundo en forma de hombre, necesitaba ser ungido por su Padre, porque su Padre así lo dispuso (Salmos 132:17-18). Notemos que fue después de realizar dicho acto de obediencia, que su Padre Celestial manifestó públicamente, expresando de su viva voz la aprobación que tenía por su amado hijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3:16-17), ungiéndolo delante de los hombres como el Rey que fue prometido en las profecías, aunque desde la eternidad, ya lo era (Colosenses 1:16-17).
     Cabe mencionar que las palabras que Dios pronunció sobre el río Jordán, no hacían referencia al acto del bautismo en sí, sino completamente al hecho eterno de ser su Hijo Unigénito, y de su unción como Rey de Israel, Jesucristo, en cuya naturaleza divina radica la obediencia perfecta.
     Hablemos entonces de la obediencia perfecta de Jesús, y decimos perfecta por ser el mayor ejemplo de humildad y obediencia que podemos encontrar en la Palabra de Dios, y por mostrarse obediente al Padre en todo momento; aún desde niño cuando pronunció las grandiosas palabras "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lucas 2:49), y hasta que fue llevado a realizar el más importante sacrificio de todos los siglos, cuyo propósito radica en haber pagado el precio por nuestros pecados, para que pudiéramos ser aceptos delante de Dios, sólo por haber depositado toda nuestra confianza en él, quien "haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz"; derramó su preciosa sangre muriendo en una cruz, sacrificio mismo que es suficiente para salvar nuestra vida y nuestra alma de la muerte que merecíamos por nuestro pecado, tomando así nuestro lugar; y transformándonos en sus hijos amados (Juan 1:12), con el mismo poder con el que Dios Padre resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, y levantándonos a nosotros también de la muerte por el pecado, sólo por gracia de Dios, por medio de la fe en el amado, que es Jesús (Efesios 2:8).
     Después de ser bautizado, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, donde ocurrieron cosas que quizás cualquiera de nosotros no hubiera podido vencer como él lo hizo (Mateo 4:1-11). Sin embargo, podemos notar en la vida de Jesucristo una fórmula sencilla, pero a la vez difícil de llevar a cabo: la permanente comunión con el Padre Celestial. Por eso que que fue completamente Dios quien "comenzó en vosotros la buena obra" y quien asimismo "la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6; Judas 24): , porque sólo él puede lograr en nosotros que perseveremos en la meditación de la Palabra de Dios y en oración, dos elementos que fueron los que dieron gran fortaleza al Señor para vencer ante las tentaciones que el diablo astutamente le presentó, usando con engaños pasajes de la Escritura; ante lo cual Jesús respondió, en cada tentación, "escrito está" y "escrito está también"usando bien la Palabra de Verdad, mostrando así, no sólo la sabiduría, sino también la autoridad y el poderío, que le habían sido entregados por su Padre.
     Así que, hermanos, no tengamos temor de mostrarnos obedientes ante Dios, porque aunque ocurran cosas que no nos agradan y que nos hacen pensar que Dios nos ha abandonado, en realidad es porque está sucediendo todo lo contrario; pues las dificultades que vivimos, son una maravillosa oportunidad para que veamos como es que la gloria de Dios se manifiesta en nuestras vidas, porque cuando Dios es glorificado en nosotros, somos eternamente bienaventurados en medio de este mundo efímero, pero sólo si hay en nosotros ese sentir que hubo en Cristo cuando vino al mundo para salvarnos, humillándonos delante de él, pues dice su Palabra:
“y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:8)
     ¡Gloria al Rey de Reyes Jesucristo, el único que pudo haber logrado nuestra redención con su sacrificio hecho en la cruz; y el único que pudo haber sellado sus promesas eternas en nosotros a través de su resurrección y de su Santo Espíritu que nos fue otorgado; a él sea la gloria por los siglos. Amén!



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América Latina © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.




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Erik Orlando Torres Zavala
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lunes, 27 de junio de 2016

Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor

(Apocalipsis 2:4)

Por Erik Torres


Cuando hay problemas en la vida, es cuando más sentimos que necesitamos de Dios. A menudo escuchamos a la gente decir que a Dios hay que buscarlo en todo tiempo, y no solamente cuando las cosas van de la patada. Sin embargo la naturaleza del ser humano es así, una naturaleza que rechaza a Dios y todo lo que tenga que ver con Él. Y estamos hablando de la inclinación natural del hombre hacia el pecado, de la naturaleza pecaminosa que todos los seres humanos hemos heredado, con la cual no podemos habitar eternamente en la presencia de Dios; pero sabemos que una vez que hemos recibido a Jesucristo como nuestro único y suficiente salvador personal, comienza a nacer un amor por el Señor y por su obra, producido en nosotros por obra del Espíritu Santo de Dios, surgido de nuestra nueva naturaleza; un amor casi incontenible por las almas perdidas, el primer amor del cristiano.
     Siendo honestos, desde nuestra experiencia personal podríamos decir al respecto que ese “primer amor” va perdiendo su fuerza hasta quedar únicamente guardado en el baúl de los recuerdos, hasta que solamente nos queda decir “hace diez o veinte años hacía esto o aquello” o “he ganado muchas almas en el transcurso de toda mi vida”, etc., y esto debido a que vamos descuidando nuestra comunión con nuestro buen Dios.
     Este es un fenómeno que ya se registraba en las primeras líneas del Apocalipsis, algo real que sigue sucediendo en las iglesias, así como sucedió en la iglesia de Éfeso hace casi 2000 años (Apocalipsis 2:1-7)
     Ahora, ¿qué es exactamente el primer amor? Podríamos definirlo, aunque cada quien tendrá su experiencia personal con Dios, como esa actitud  cuya fuerza radica en lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz, y mientras más nos damos cuenta de que no merecíamos ese infinito amor demostrado en la cruz, más queremos, con un fervor irreprimible, que otros también se arrepientan y se salven.
     Y entonces, cómo no vivir durante toda nuestra vida en el primer amor, si Jesús hizo una obra que nadie más pudo haber hecho, y la hizo por amor a nosotros, para que pudiéramos ser limpios delante del Padre Celestial, quien es Santo, Santo y Santo, y en cuya presencia no hubiéramos podido habitar de no ser por el sacrificio único, perfecto y suficiente, del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Jesucristo, quien nos presenta puros y sin mancha por el perdón absoluto de nuestros pecados gracias al derramamiento de su sangre en la cruz.
     Así que, hermanos, estemos siempre gozosos y contentos, es decir, vivamos toda nuestra vida en el pprimer amor, pesar de las tribulaciones en medio de las cuales muchos vivimos, y otros muchos más sufren entre persecución, despojos, destierros, y asesinatos; pues es mucho más grande el gozo de saber que cuando Cristo venga por nosotros, su Iglesia, viviremos junto a Él, alabando su nombre por toda la eternidad:
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18)

     ¡Amén!




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viernes, 24 de junio de 2016

¿Dios cambia de opinión?

Por Erik Torres

“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.” (Santiago 1:17)


Cuando Dios mandó a su Hijo Jesús a morir por nosotros ¿no sabía acaso que le fallaríamos alguna vez? Y si lo sabía, entonces ¿por qué, aún siendo así, Jesús entregó su vida por nosotros? La respuesta es sencilla de entender, aunque quizás difícil de aceptar. Me explicaré. 

     Hace unos días* nuestro hijo Gabriel nos hizo una pregunta* a mi esposa Eunice y a mí, que es la siguiente: “Si Dios sabía que el diablo sería malo (porque Dios lo sabe todo, aun lo que va a ocurrir en el futuro), entonces ¿por qué Dios no lo destruyó antes de que se volviera malo?” Yo en lo personal ¡creo que tiene razón al preguntarlo!
      Y lo que le respondí fue lo siguiente: Dios fue quien nos hizo, y nos ama tal y como somos; y nos hizo con una particularidad maravillosa ¡nos dio la capacidad de elegir! Por lo cual, Dios nunca nos juzgará por algo que todavía no hemos hecho, por ejemplo, los niños van a la escuela porque quieren ser algo en la vida, médicos, ingenieros, arquitectos, etc., sin embargo también pudieran elegir ser algo malo, como ladrones, narcotraficantes, homicidas, etc. Y aquí es donde nos preguntamos: ¿Dios va a culpar a los niños por el mal que todavía no hacen? ¡por supuesto que no! Sino que Dios en su amor, dará la oportunidad a los niños de elegir lo que quieran ser, y claro que lo más importante será que elijan, no sólo lo bueno, sino lo mejor (Filipenses 1:9-11); además de que Dios a través de su Palabra nos ofrece la sabiduría necesaria para elegir lo mejor.
     De la misma manera Dios nos ofrece su salvación, conociendo perfectamente que a quienes está dando este maravilloso regalo de la vida eterna, es a nosotros, seres humanos propensos a fallar, hombres y mujeres espiritualmente dispuestos a hacer el bien (hoy que hemos nacido de Dios), pero con la inclinación humana a hacer el mal (Romanos 7:21-23). Dios lo conoce todo, por eso podemos decir con toda certeza que Dios no cambia de opinión (Santiago1:17), que si Él nos ha dado la salvación no nos la va a quitar, porque como dice su Palabra, quienes realmente han nacido de nuevo lucharán implacablemente por hacer la voluntad de Dios (1 de Pedro 3:17), y de esta misma manera, dejarán de ser esclavos del pecado, y pasarán a ser servidores bajo el señorío absoluto y eterno de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios (Romanos 6:17-18), quien al igual que su Padre Celestial, nunca cambiará de parecer respecto a lo que ha prometido (Hebreos 6:13-20), la salvación eterna de nuestra alma.

*Este pequeño artículo lo escribí a manera de reflexión, en un boletín de nuestra iglesia hace aprox. tres años.

*Lo que presento aquí es una paráfrasis de la pregunta que hizo mi hijo Gabriel, cuando tenía 7 años de edad.

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jueves, 16 de junio de 2016

Salvos Por Gracia



Por Erik Torres 







Un día se acercó al Señor Jesús, un estudioso de la ley, y le hizo la siguiente pregunta: 

“Maestro ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (Mateo 22:36). 

Lo que pretendía aquel intelectual de la época, con este cuestionamiento, en representación del grupo de fariseos que le acompañaba, era hacer caer, públicamente, en el error al Señor Jesucristo; empresa que ni en sus sueños conquistaría, pues estos hombres se exhibirían a sí mismos, públicamente, como insensatos, impulsados por su propia necedad, tal como le sucedió a todos los que pretendieron hacer lo mismo. 

     Nos gustaría que enfocáramos nuestro pensamiento, hacia la actitud de aquel hombre, pues ésta, nos deja una enseñanza muy reveladora: que lo que verdaderamente hay en el corazón de una persona religiosa, es el afán por cumplir los mandamientos de la ley de Dios, como para poder merecer la entrada al reino de los cielos. 

     Por supuesto que es imprescindible obedecer los mandamientos del Señor, y toda la Palabra de Dios; mas es necesario mencionar aquello que nos enseña la revelación del nuevo pacto de Dios, establecido a través de la sangre redentora de Jesús: que obedecer los mandamientos de la ley de Dios, no pueden llevar a nadie a conseguir la salvación: 

“pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” (Gálatas 2:21). 

     La salvación ya fue ganada en la cruz, por el mérito sacrificial que el Hijo de Dios realizó voluntariamente, en lo alto del monte Calvario; y lo hizo sin acepción de personas; lo hizo para todos los que, humillándose delante de Dios, estén dispuestos a recibirle, como su único y suficiente salvador personal. 

     La respuesta que dio Jesús, acerca del asunto que cuestionaba aquel intérprete de la ley, fue contundente; una respuesta que nos obliga a cambiar nuestra manera de pensar, tan llena de religión, y apegada a las costumbres y tradiciones, de las religiones que existen en todo el planeta, mismas que ponen como requisito, para tener la posibilidad de entrar al cielo, el portarse bien, y cumplir con los mandamientos de Dios. No obstante, el Señor Jesús nos ha dejado la siguiente aseveración, misma que fue la respuesta dada a aquel osado interprete de la ley: 

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:37-40) 

     De acuerdo al texto anterior, todo se resume en el amor. Pero el amor, habrá que aclarar, porque la Escritura misma lo hace, es el resultado del poder de Dios actuando en nosotros, a través de la persona del Espíritu Santo, que habita en cada uno de sus hijos, pues dice: 
“Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.” (1 Juan 4:12-13). 
     El amor, es el fruto del trabajo del Espíritu de Cristo, obrando en toda nuestra vida; ya que, por nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas, jamás podríamos hacer semejante labor, pues dice la Palabra de Dios: “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). ¡Es Dios quien hace toda la obra en nosotros! 

     Diría usted “¿entonces no debo hacer nada para demostrar que realmente amo a Dios y a mi prójimo?” pues la respuesta a esta pregunta es: ¡que hay mucho trabajo en la viña del Señor! Hay muchas almas por rescatar de la perdición eterna; y el Señor nos manda atender dicho trabajo con diligencia; como dijo el Señor Jesús cuando niño: “en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (Lucas 2:49). 
Sin embargo, lo que nos debe quedar muy claro, por lo cual insistiremos tanto en este punto, es que no se trata de nosotros mismos, como tema principal del proyecto que Dios inició en nuestras vidas, sino que se trata de Cristo, como centro de toda nuestra vida; ya que nosotros sólo podemos poner nuestra voluntad a total disposición de Dios; porque nuestras fuerzas, nuestros dones, nuestros recursos, y nuestra vida misma ¡provienen absolutamente de Dios! 

     Es Dios quien nos usa, como herramientas suyas de trabajo. Es la Palabra de Dios, la que nos usa a nosotros, y no nosotros a ella; pues aun cuando la Biblia dice, que usemos bien la Palabra de Verdad (2 Timoteo 2:15); lo que esto significa, es que la Palabra de Dios debe salir de nuestra boca con toda integridad, y debe provenir de nuestra vida con buen testimonio, como una lámpara que alumbra en medio de la oscuridad del mundo; porque siendo honestos, nosotros sin la Palabra de Dios no somos nada; y resulta en gran manera interesante, cuando consideramos lo que la Biblia nos dice: que Jesucristo es la Palabra de Dios encarnada (Juan 1:14), y que separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5). 

     Con lo anterior llegamos a la conclusión, de que la Palabra de Dios encarnada, es decir, su Hijo Jesucristo, es quien nos usa a nosotros, haciendo brotar como una fuente eterna, la Palabra Viva de Dios, a través de su Santo Espíritu habitando en nosotros (ver Juan 7:37-39, y Ezequiel 36:26-27), con poder de Dios para salvación y restauración de vidas perdidas (Romanos 1:16-17); y todo lo que sucede en nuestra vida, a partir de que el Hijo de Dios comienza a usarnos, bajo la obediencia de su señorío, es lo que entendemos como un resultado, y fruto del Espíritu Santo de Dios, obrando en nosotros, y no como producto de nuestra propia voluntad. Así que, pongamos nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2), y no en las cosas de este mundo; para que Dios nos use poderosamente. 

     Que nuestra fe, sea correctamente enfocada en el amor de Dios, en la cruz de Cristo, y en lo que él nos regaló al morir por nosotros: su gracia redentora; mas no en la perspectiva errónea de que la salvación se obtiene por medio de las buenas obras; pues la Palabra de Dios nos enseña, que somos salvos por gracia, y que su propósito, no es que mostremos nuestra bondad y misericordia personal al mundo, sino que mostremos al mundo, la bondad y la misericordia, propias de Dios; mismas que tuvo primero para con nosotros, y que Él desea tener hacia muchas más personas a través de nosotros, pues todo lo que podemos dar a los demás, ¡es porque antes lo recibimos por medio de Su gracia! (Mateo 10:8). 

     Concluimos pues, que Dios, en su soberanía, ha decidido usarnos a cada uno de nosotros, quienes tenemos la experiencia vivencial del pecado, y del perdón de Dios por el sacrificio redentor del Señor Jesucristo; para manifestar al mundo sus obras de amor, que él mismo preparó de antemano para que, con toda diligencia, anduviésemos en cada una ellas, pues dice su Palabra: 
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efesios 2:4-9) 

¡Amén!


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