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martes, 25 de junio de 2019

La Estrella de la Mañana





“y le daré la estrella de la mañana”
(Apocalipsis 2:28)


La estrella de la mañana. Este versículo está hablando de la venida del Señor Jesucristo. La estrella de la mañana es la que aparece cuando la luz comienza a salir por la mañana. Cuando el sol, desde el otro lado de la tierra, empieza a arrojar su luz, cubriendo el cielo como con un manto y pintándolo de azul cuando todavía no sale por completo, y empieza a vislumbrarse una estrella ahí, cuya sublime labor es anunciar que el día ya viene. 

Esta estrella de la mañana es la promesa que nosotros tenemos de que el Señor Jesucristo venga. Esta estrella de la mañana es el mismo Señor Jesucristo, quien va a venir como la estrella de la mañana anunciando el día del Señor. 

Dios hizo la tierra. Vamos a suponer que todos los años que han pasado hasta el último año de la tierra es un solo día, y la etapa de ese día es la noche oscura, porque hay tinieblas en la tierra, hay pecado, y hay gente que no conoce al Señor Jesucristo.

Pero la estrella de la mañana va a llegar. El Señor Jesucristo va a llegar, anunciando el día en el que nosotros vamos a estar con él, y va a salir del horizonte la luz del Señor, la luz de Dios que nos va a alumbrar para siempre, y no vamos a necesitar más el sol, pues vamos a estar con él, y beberemos del agua de su Espíritu, y recibiremos la luz del resplandor de su gloria que es el mismo Señor Jesucristo ¿qué mayor promesa podemos nosotros recibir que el mismo Señor Jesucristo la estrella de la mañana?

Veamos cómo, aun cuando la iglesia de Tiatira tenía luchas, ellos esperaban a su Señor. Así del mismo modo, nosotros tenemos pruebas en nuestra vida. Sin embargo nos ha sido dada una gran promesa: que vamos a recibir al Señor Jesucristo en su venida, y nos va a llevar con él; y vamos a estar en su santa presencia durante toda la eternidad. Amén.



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El texto Bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en 
América Latina © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.


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Erik Orlando Torres Zavala
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martes, 4 de junio de 2019

El Primero y el Postrero







"Y escribe al ángel de la iglesia en Esmirna: El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto" (Apocalipsis 2:8)



El primero

Nadie ha sido antes que el Señor Jesucristo, ni será después de él. Antes de todos los poderosos en la tierra, él ya era, antes de todos los ángeles y del mismo satanás, portador del liderazgo angelical en los cielos, él ya era. 
Antes que Abraham fuese, él ya era, y él será por todos los siglos y por la eternidad.

Tenemos como Señor y Salvador al Hijo de Dios, quien ha coexistido con el Padre Celestial por la eternidad y hasta la eternidad. 



El postrero 


No vendrá nadie después de él, él es el salvador, no esperes a nadie más porque él es el que salva, y él es el que llegó a la diestra del trono de Dios, y no habrá otro que llegue igual que él, a él sea toda la gloria, y toda la honra por los siglos de los siglos, amén.


Así que, no hay nadie más en quien podemos confiar. El es el primero y el postrero, por lo cual no hay depósito más seguro para nuestra fe que el mismo Señor Jesucristo. Confiemos en él plenamente y afirmémonos bajo su autoridad divina, que con infinito amor nos guía y nos muestra su misericordia. 

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miércoles, 29 de mayo de 2019

La Autoridad del Hijo de Dios Sobre Nuestra Vida








"El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella." 
(Juan 8:7)

"Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio" 
(Juan 8:9)

Recuerdo un pasaje de la Palabra de Dios, en donde el Señor Jesucristo (Juan 8:58-59) tuvo un desagradable encuentro con los fariseos. Ellos lo acusaban de dar un falso testimonio acerca de sí mismo, y lo acusaban también de tener un demonio, lo cual, evidentemente, era falso.


Al principio del capítulo, el Señor Jesucristo, los había redargüido de pecado, cuando le habían llevado a una mujer a quien ellos mismos estaban acusando de adulterio, ante lo cual el Señor Jesucristo respondió:


"El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella" (Juan 8:7).


Y continúa diciendo la Palabra al respecto:


"Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio"

Notemos que cuando el Señor Jesucristo pronunció estas palabras y ellos las escucharon, inmediatamente fueron acusados por su propia conciencia, y cada uno de ellos salió de ahí derrotado, pero sin humillarse ni arrepentirse delante del Santo Hijo de Dios.


No podemos vivir sin arrepentirnos y sin humillarnos delante del Hijo de Dios, porque él, siendo quien es, se humilló para tomar nuestro lugar en la cruz. No hay nadie que nos ame tanto como él. El merece toda la gloria y todo el poder y autoridad sobre nuestra vida; porque si hasta los demonios creen y tiemblan ¿por qué nuestra vida sigue siendo igual que antes de conocer al Señor Jesús?


Dos factores muy importantes que debemos tomar en cuenta son el poder y la autoridad con los cuales el Señor Jesucristo dijo estas palabras. Fue como cuando el Señor mandó al viento y al mar callar, y estos le obedecieron. Fue también como cuando el Señor mandó a los peces reunirse en pos de la red que el apóstol Pedro, en el nombre del Señor, echó en el mar, consiguiendo así hacer una pesca verdaderamente milagrosa.


¿Qué persona en el mundo puede resistirse a tal autoridad de Dios? Porque aunque estos hombres no se arrepintieron ni se humillaron delante del Hijo de Dios, en cambio sí se fueron de su presencia como lo hicieron los demonios en Gadara. A diferencia de que los demonios no regresaron más, por temor a ser destruidos por el Santo Hijo de Dios; y estos escribas y fariseos regresaron a molestar al Señor, porque no soportaron la humillación publica de ser derrotados por aquél admirable Hombre a quien no conocían, y a quien los demonios de Gadara conociendo que se trataba del Hijo de Dios, clamando le dijeron: "¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?" (Mateo 8:29).


Por tanto, busquemos someternos al poder y autoridad del Señor Jesucristo. Creyendo, no a la manera de los demonios (Santiago 2:19), creyendo y temblando, como también lo hicieron estos escribas y fariseos, pero sin amar y reconocer al Señor Jesucristo como el Señor de sus vidas; sino creyendo genuinamente como Abraham, que amaba a Dios, más que a su propio hijo, y más que a sí mismo, poniendo a disposición del Señor Jesucristo su vida completa. 



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martes, 28 de mayo de 2019

El Fruto de la Vid





"Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer" (Juan 15:5)

A lo largo de la historia Bíblica los personajes más sobresalientes hicieron hazañas que deslumbraron al mundo. Sin embargo esto siempre ocurría cuando estaban tomados de la mano de Dios, pero cuando decidían vivir un estilo de vida que los alejaba de Dios, sufrían graves consecuencias y su grandeza se volvía en nada.

El gozo verdadero que la presencia del Señor derrama sobre nuestro corazón se manifiesta en acciones de fe, acciones que producirán abundante fruto, que llevará a muchos a los pies de Cristo. 



Nuestro corazón no debe desviarse del verdadero objetivo, que es vivir una relación constante y firme con nuestro Señor Jesucristo, pues el tener una estrecha relación con él alumbrará nuestra forma de vida, y entonces verdaderamente estaremos ganando almas para Cristo con nuestra manera de vivir.

Así que, hermanos amados, vivamos ustedes y yo, una vida en comunión con nuestro Dios y Padre, Jehová de los Ejércitos, y con el Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por medio de su Santo Espíritu; y que ninguna circunstancia nos distraiga en el camino para descuidar la fortaleza y el amor que Dios nos ha demostrado al darnos su preciosa presencia. 

Un abrazo.





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viernes, 24 de mayo de 2019

La Verdadera Vida








“Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado." (Romanos 6:7)



Sabemos que Cristo murió por nosotros para darnos salvación. Que Cristo dio su vida para morir en nuestro lugar siendo nuestro sustituto en la cruz. Esto nos llena de gozo, pues el beneficio para nosotros es invaluable e incomparable. Sin embargo, pocas veces tomamos en cuenta que la muerte de Cristo no fue sólo para que viviéramos, sino también para que muriéramos (Romanos 6:5-7).


El Señor Jesucristo no nos sustituyó en la cruz para que viviéramos nuestra vida por cuenta propia y alejados de su voluntad; dicho de otro modo: no murió para que nosotros viviéramos la vida que quisiéramos vivir, sino la vida que Él tiene preparada para cada uno de nosotros (Juan 10:24-29).


"Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden" (Romanos 8:7)

La palabra de Dios nos enseña que los designios de la carne no pueden sujetarse a la ley de Dios. Esto significa que si seguimos pecando deliberadamente contra Dios bajo la voluntad de la carne, es que aún no tenemos el Espíritu del Señor Jesucristo viviendo en nosotros, pues de lo contrario el Espíritu del Señor nos daría el poder suficiente para tener victorias diarias contra el pecado. También nos enseña la Palabra, que: "si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él". Por lo que un verdadero hijo de Dios siempre buscará de una manera natural someterse a la voluntad del Espíritu del Señor Jesucristo, y no a la voluntad de su propia carne de pecado.

Porque si pensamos que podemos practicar el pecado sin ningún problema, justificándonos en el hecho de que el Señor Jesucristo murió para que nuestros pecados, sean los que fueren, intencionales o inconscientes, fueran perdonados; nos estamos olvidando de que el Señor Jesucristo no sólo murió y derramó su sangre para ser nuestro sustituto en la cruz o en la muerte que nosotros merecíamos; sino que también derramó su sangre para pagar un precio por nosotros. Y si el Señor Jesucristo pagó un precio por nosotros, entonces ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que ahora le pertenecemos a Él por completo
(1 Corintios 6:20).

Por tanto, ya no vivo yo, sino que el Señor Jesucristo es el que vive en mí, y es él quien debe reinar en mi vida, y no yo. El Señor Jesucristo es quien merece mi obediencia, pues él se entregó a sí mismo por mí, para pagar por mi vida, y la nueva vida que él me ha dado incluye mi absoluta obediencia; porque ya he muerto para mí mismo y para el mundo, es decir, para mi carne y para el pecado.

Porque Cristo murió para que viviéramos y tuviéramos vida en abundancia, lo cual significa que murió para que nosotros muriéramos juntamente con Él (Gálatas 2:20), y no viviéramos ya más para el pecado ¿Cuál pecado? El que reinaba en nosotros y no permitía que pudiéramos volver, como en el principio de los tiempos, a la gloria de Dios (Romanos 3:23).

El Señor Jesucristo murió para que viviéramos una verdadera vida, que consiste en vivir en Su presencia y alejados de la muerte, de la misma muerte que el pecado produjo en nosotros cuando vivíamos alejados de Él.

¡Bendiciones!





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martes, 21 de mayo de 2019

Las Pisadas de la Fe






“16 Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. 
17 Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá." Romanos 1:16-17

Vamos a hablar de la fe. Un elemento cuyo autor y consumador es el Señor Jesucristo. Y siendo el Señor, perfecto en todo lo que hace, en esto no podía errar de ningún modo. La fe excluye toda oportunidad de vanagloria, pues no trae ningún mérito en sí misma, sino que para que haya una fe, es indispensable que algo la haga nacer en el corazón de una persona. 


La fe no es algo que surja por generación espontánea, como si fuera algo que en nosotros nace de la nada, y con el único y superficial objetivo de encontrar un lugar en dónde depositarla. De hecho esto es lo que el mundo enseña: no importa en qué creas, lo importante es que tengas fe en algo. Pero esa fe que el mundo enseña, es una fe humanista a más no poder, centrada en nosotros mismos, pues pone en primer lugar al creyente y en segundo lugar al objeto de la fe. En dicho caso la fe resulta como un simple pago para obtener un beneficio, y es el beneficio el que recibe la exaltación y no el objeto de la fe, y si el beneficio es el que recibe el reconocimiento, concluimos entonces que el beneficiario es el que tiene la mayor importancia. La fe que la Biblia enseña, en cambio, no funciona así. 

Entonces ¿cómo funciona? La epístola del apóstol Pablo a los romanos empieza prácticamente hablando de la fe. Pero es en el capítulo IV donde el tema de la fe es expuesto de una forma, a mi ver, impresionante. Este capitulo comienza hablando del patriarca Abraham, quien es llamado por cierto, padre de todos los creyentes, y esto significa, que así como Abraham fue justificado por la fe, es decir, cuando creyó a Dios y le fue contado por justicia, del mismo modo somos justificados los creyentes, en esa misma fe del que le cree a Dios y le es contado por justicia.

Y ¿qué significa esto de le fue contado por justicia? Dios siendo santo y justo, no podía pasar por alto el pecado del hombre, porque al hacerlo estaría contradiciendo su santidad y su justicia expresada plenamente en la ley. El hombre peca y debe pagar el precio, que es la muerte (Romanos 6:23). Dios, en su santidad, no puede habitar en medio del pecado, ni tampoco puede hacer injusticia, por lo cual ha dado Dios a su Hijo unigénito, como un pago suficiente por nuestro pecado, sustituyendo nuestra merecida muerte con su muerte en la cruz, y derramando su sangre para limpiar nuestros pecados y borrarlos para siempre, y poder habitar así delante de su santidad. De este modo, la santidad y la justicia de Dios siguen siendo algo perfecto1.

La fe viene a ser entonces "la respuesta humana ante la iniciativa divina"2. ¿Qué significa esto? Vamos a tratar de decirlo de la manera más práctica posible, tal como lo presenta el apóstol Pablo en Romanos capítulo IV. La fe fue algo que se generó a partir de una propuesta divina. Esto es que Dios propuso a Abraham que le daría un hijo del cual vendría una descendencia innumerable, y esto sería posible por encima de su muy avanzada vejez y de la misma esterilidad de su esposa Sara, y por en cima de todo Abraham decide creerle a Dios, y esa fue su fe. Debemos notar que no fue Abraham quien se acercó a Dios para decirle yo creo en ti, sino que fue Dios quien se acercó a Abraham para proponerle su plan perfecto y Abraham sólo tuvo que creer en la iniciativa de Dios. 

En este caso, la fe no se clasifica en diferentes niveles. No podemos pensar que alguien le creyó poco a Dios y por lo tanto su fe no le alcanzó para salvarse, porque no es la fe lo que salva a las personas, sino que solamente es el medio por el cual se recibe aquello que salva a las personas: la Gracia. O le creemos a Dios, o no le creemos, no hay un punto intermedio. 

Ahora, respecto al objeto de la fe ¿cuál es la propuesta que Dios tiene para nosotros? O sea, aquello que hemos decidido creerle a Dios y que nos justifica o nos hace partícipes de la salvación: 
“Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación. Romanos 4:23-25

La propuesta o la iniciativa que Dios nos presenta para que le creamos es el sacrificio de Jesús que fue entregado a muerte por nuestras transgresiones, derramando su sangre para perdón de nuestros pecados delante de Dios, y resucitando al tercer día, dándonos la vida juntamente con él (Efesios 2:5-6), pues hemos resucitado así como él, de estar muertos en nuestros pecados y dirigirnos hacia la muerte eterna, hemos pasado de muerte a vida (Juan 5:24)

Así que, concluimos que la propuesta de Dios es única y exclusiva, no hay otras opciones para elegir, Jesucristo es el camino a la salvación (Juan 14:6), por lo que Dios pone delante de nosotros este único camino de gracia: Jesucristo. Y únicamente por medio de nuestra fe, misma que es un don de Dios, (Efesios 2:8), es decir, nuestra respuesta a la iniciativa de Dios, "nuestro sí, nuestro amén”3, podremos ser justificados delante de ÉL, como el creyente Abraham, quien creyó a Dios y confió en su poder para cumplir sus promesas, lo cual le fue contado por justicia.

1. Johnson, G. Ernesto. Romanos, la vida abundante en unión con Cristo. pp 15,16. Edinburg, Texas: Editorial Río Grande, 2013.
2. Ídem pp17.
3. Ibídem pp 17.






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lunes, 20 de mayo de 2019

Luz les Resplandeció







“El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; 
Y a los asentados en región de sombra de muerte, 
Luz les resplandeció.” (Mateo 4:16) 


Debió ser un gran gozo para Mateo citar estas palabras del Profeta Isaías. Él quería encargarse y asegurarse de que su pueblo, quienes también eran sus hermanos, entendieran que la gloria que se había manifestado en aquellas regiones sombrías de pecado, provenía de Dios, cuyo resplandor de su gloria es el Señor Jesús (Hebreos 1:3).

Ni los escribas ni los fariseos querían trabajar en aquellas regiones, pues no consideraban aquel lugar digno del Señor. Pero fue el mismo Señor de la gloria el que llegó a aquel lugar olvidado a resplandecer en toda su plenitud delante de los ojos de aquellos pecadores que se gozaron grandemente en la gloria del Unigénito Hijo de Dios.

Cuando vemos un barrio en el que las prácticas comunes son el robo, el adulterio, la fornicación, las drogas, la prostitución, etc., solemos decir que ese lugar es un lugar que necesita mucho de Dios. No así cuando vemos una localidad en donde aparentemente todos tienen una vida recta y limpia. 


Nuestra opinión personal es que ambas plazas tienen mucha necesidad de Dios, y que la diferencia radica solamente en que unos reconocen que verdaderamente han pecado contra Dios, pero no saben cómo acercarse a él, o a través de quién pueden hacerlo; y los otros no reconocen su necesidad de Dios, ya sea porque no roban, no se emborrachan, no se prostituyen o no se drogan, pero a fin de cuentas los pecados se conciben primeramente en el corazón, y son regados por nuestros pensamientos, y después se desarrollan y crecen por medio de nuestros hechos; por lo que existiendo el pecado en nuestro corazón, eso nos hace pecadores viles e inmerecedores de la salvación de Dios.  

Aún así, la misma palabra de Dios nos enseña para quién debemos reservar nuestra prioridad. Aunque Cristo murió por todos en el mundo, pero él vino a buscar a los pecadores; es decir, a quienes saben que tienen necesidad de Dios y quienes reconocen que merecen el infierno, y que no hay nada que ellos puedan hacer para salvarse.

Donde sea que Cristo vaya, él resplandecerá con su voz en las palabras del Evangelio, y llegará a los corazones más oscurecidos por el pecado, y alumbrará en ellos como en nosotros la luz de Cristo. Y entonces ellos verán su propia iniquidad, y reconocerán que han pecado delante de Dios, por lo que Dios lo salvará, porque se humillarán y se quebrantarán en su espíritu.


El Señor Jesucristo no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento; a los viles pecadores entre los cuales nos encontramos nosotros, porque la palabra de Dios dice que no hay justo ni aún uno (Romanos 3:10)

La clara evidencia de que todos nosotros realmente hemos pecado contra Dios, se hace manifiesta cuando consideramos el primer mandamiento de su ley, el cual es el más importante, y que dice: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30), pues siendo honestos, no hay uno solo en el mundo que haya amado a Dios de esta manera, mas que el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo.

No era posible que ninguno de aquellos pecadores que habitaban en tinieblas pudieran por sí mismos salir de aquellas tinieblas de pecado, pues aunque ellos eran responsables por sus actos delante de Dios, y al pecar sabían perfectamente que estaban haciendo lo malo, su misma ceguera y las mismas tinieblas que los rodeaban los imposibilitaba para salir por sus propios medios.

Sin embargo, la luz de Cristo que resplandeció en su camino, los ayudó y les dio una nueva oportunidad para vivir, experimentando por primera vez el verdadero arrepentimiento por sus pecados (pues estaban viendo llegar ante sus propios ojos el reino de Dios) como una muestra de humillación ante Dios, para que el pago que Cristo hizo en la cruz por cada uno de ellos, fuera efectivo delante de Dios; algo que seguramente les pareció como un regalo inmerecido.

También creían que no tenían oportunidad de salvación, porque esto era lo que habían aprendido de los ancianos, y de los escribas y fariseos, que sin misericordia los habían desechado, cuando no tenían ningún derecho a hacerlo, porque el único autor y consumador de la fe es el Señor Jesús; mas estos los condenaban bajo la supuesta maldición de Dios sobre ellos por no conocer la ley cuando decían: "esta gente que no sabe la ley, maldita es" (Juan 7:49).

Por eso, esta región tuvo un gran gozo cuando fue a visitarlos alguien de carne y hueso, el Señor Jesús, anunciando la buena noticia de que si se arrepentían de sus pecados y los abandonaban, Cristo nunca los iba a abandonar e iba a interceder por ellos delante del Padre Celestial para siempre.

Vayamos nosotros a las regiones que andan en sombra de muerte, nosotros que ya conocemos la luz de Cristo y hemos visto el resplandor de su gloria por medio de su Santo Evangelio. Levantémonos y resplandezcamos en medio de las tinieblas de este mundo, para que los que andan en región de sombra de muerte puedan ver la luz y se arrepienten de sus pecados; para que vengan a los pies de Cristo y sean salvos, y puedan saber que Cristo compró la salvación de Dios para ellos y para nosotros, pagando un precio muy alto: el precio de su sangre preciosa derramada en la cruz.

Prediquemos que esta salvación está al alcance de su arrepentimiento y humillación delante de Dios; y que Dios hará una gran obra en ellos y en nosotros. Que él es fiel: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).





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domingo, 19 de mayo de 2019

Nuestra actitud ante la Palabra de Dios



“Pasad por en medio del campamento y mandad al pueblo, diciendo: Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán para entrar a poseer la tierra que Jehová vuestro Dios os da en posesión” (Josué 1:11) 



El día de hoy vamos a hablar acerca de Josué y el pueblo de Israel, a quienes Dios había dado una promesa y los había conducido por un camino difícil de andar, ya que Dios los había llevado por el desierto debido a que hubo incredulidad en el corazón del pueblo, pues no quisieron confiar en que si Dios había prometido que les iba a dar una tierra dónde morar y desarrollarse como nación; entonces Dios se iba a encargar de llevarlos hasta allá sin que tuvieran ninguna razón para temer, pues ya les había dicho que no temieran acerca de los pueblos que vinieran contra ellos en gran multitud, y también les dijo “no te dejaré ni te desampararé”. 

Ellos pudieron haber confiado en Dios y haber entrado con valentía a esa tierra prometida por Dios, sin embargo decidieron, contrario a lo que Dios ya les había dicho, temer y contagiar a todo el pueblo de su temor, desechando completamente la palabra de Dios, en lugar de confiar, como lo habían hecho Josué y Caleb, estos dos jóvenes que fueron los únicos que creyeron que Dios era poderoso para entregar a los pueblos que habitaban aquellas tierras en sus manos; entonces Dios decidió no dejarlos entrar a la Tierra prometida, salvo los que fueran menores de 20 años, eran los que estaban asignados por Dios para entrar aquella tierra. 

Por lo tanto, cuando muere Moisés, Dios manda a Josué a sucederlo, y lo instala como el caudillo libertador que llevaría a su pueblo a habitar aquella tierra, por sus moradores hostiles y aguerridos, imposible de habitar, y a repartir las tierras a cada una de las tribus de Israel, y Josué confía en Dios y lo obedece. 

Pero ¿qué es lo que hace que una persona le crea a Dios algo que ni siquiera ha visto? Porque en esto consiste la fe según hebreos 11:1 cuando dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Josué esperaba con certeza la promesa de Dios, y estaba convencido de aquella promesa que no habían visto realizada. 

Dios le había dicho a Josué que se esforzara y que fuera valiente, que no temiera ni desmayara porque Jehová su Dios estaría con él dondequiera que él anduviera, pero él debía hacer algo que Dios siempre ha tomado en cuenta al momento de prometernos que estará con nosotros: 

Josué era un hombre que confiaba en Dios como ninguno, pues hablaba a su pueblo cosas que aún no se habían cumplido, y nunca se avergonzaba de expresar en público sus convicciones acerca de Dios, de tal modo que el pueblo de Israel terminaba contagiándose de su fe y así cómo veían que Josué se esforzaba y era muy valiente, de ese modo ellos también se esforzaban y tomaban el valor que requerían para hacer esas tareas tan temerarias como ir a conquistar una ciudad amurallada y aguerrida. 

Dios llama las cosas que no son como si fuesen. Él nos da la certeza de que cumplirá con sus promesas si nosotros nos esforzamos y somos valientes en someternos a la autoridad de su palabra, bajo el señorío de nuestro señor Jesucristo. 

Aprendamos a llamar a lo que todavía no es como si ya fuese, diciendo Amén a las promesas de Dios, siendo esforzados y valientes como Josué principalmente, tal y como él lo hizo, en sujeción a la autoridad de la palabra de Dios y el señorío de nuestro señor Jesucristo, sabiendo que esto agrada a Dios, y sabiendo que él es fiel para cumplir sus promesas. 

Tengamos en alta estima la palabra de Dios, como algo precioso en nuestra vida, y seamos obedientes a esa palabra que él ha pronunciado para que Dios haga prosperar nuestro camino (Josué 1:8). 

Continuemos hacia adelante sin desmayar, peleando la buena batalla de la fe, orando sin desmayar y esperando en Dios día con día, pues él mismo se encargará demostrarnos sus veredas, que son los caminos de su voluntad, la cual es buena, agradable y perfecta.




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